4.15.2007

Relato: Todo un tesoro



Todo un tesoro

Hay muchas clases de libros… los que se pueden ver hoy en día en las librerías, por ejemplo, son los que menos me gustan.
Me explicaré mejor…

Como casi siempre estoy tieso de viruta, mi cara acaba por resultar familiar en las librerías de viejo, esas en las cuales, si a uno no le importa llenarse del polvo que se acumula en los estantes, puede dar con verdaderos tesoros por cuatro duros.

Los que más me hacen tilín son, hoy en día, verdaderos incunables.
Muy difícil de dar con ellos.

Libros de tapas de cuero, la mayoría no llevan un titulo en su portada, y si lo hacen, lo muestran de manera muy sutil. Sus hojas muestran un aspecto amarillo macilento, casi apergaminado, y por lo general llevan engarzado al nervio una tira de tela a modo de marca páginas.
Libros viejos, en resumen.

El volumen de la fotografía de arriba ocupa un lugar especial dentro de mi biblioteca, di con el de manera fortuita, ya que no andaba buscándolo.
Lo encontré emparedado entre un muro de hojas impresas, casi puedo asegurar que lo oí gritar.

De tapas encuadernadas en un bonito cuero azul oscuro y con un curioso símbolo en su portada, el cual no arrojaba luz alguna sobre la naturaleza de este.
Se podría decir que fue un flechazo en toda regla, así que alargue la mano a través del estante, llevándome con la manga de la sudadera el polvo acumulado, y lo saqué de aquel festival de ácaros, dispuesto a llevármelo aunque fuese un tratado de cocina regional.

Una vez en mis manos, limpie su portada y lo examiné. Al mirar la primera hoja ví que había sido publicado en 1967, así rezaba su fecha de impresión. Para el tiempo que tenía estaba muy bien cuidado, lo habían tenido manos amigas desde luego.
Seguí escudriñando el ejemplar, en su nervio central brillaban con unas gastadas letras doradas, el nombre de la criatura.

“Bécquer/Rimas y Leyendas”

Yo ya tenía un ejemplar de Bécquer, pero este era raro y viejo de narices.
Ya podría aparecer al lado el Necronomicon de Lovecraft, que no me haría dudar de mi decisión, este libro se vendría conmigo.

Sin embargo estaba el problema del dinero, metí la mano en el bolsillo de mi vaquero he hice sonar las monedas. El escaso ruido que me llego a los oídos no vaticinó nada bueno.

Del total que tenia, que eran cinco euros, necesitaba dos para autobuses, lo que reducía mi capital a unos menguados tres euros.


Me acerque a la chica del mostrador, que estaba ensimismada leyendo una novela de Agatha Christie… “Asesinato en el Orient Express” era el titulo.

-¿Cuánto cuesta? –pregunté.

La chica me miro como si le estuviera hablando en chino, y tras unos segundos de silencio me vi obligado a sonreír y a mostrarle de nuevo, aun más si cabe, el libro que sostenía en la mano.

-Aaaah… perdona. –Me dijo devolviéndome la sonrisa. –Este vale mmmmm… cuatro euros. –contesto y volvió a bajar la vista hacia su libro.

Me había chafado el chollo, casi me dio la impresión de que me había estado observando y había subido en un euro el precio del libro adrede. Me dieron ganas de gritarle “¡¡Pues que sepas que en ese libro se cargan de tres tiros a Hercules Poirot!!”, pero me contuve.

Como ya había señalado, necesitaba dos euros para los autobuses y solo disponía de tres, las matemáticas me jodieron vivo una vez más.
Existía otra solución, a la cual había recurrido en otras ocasiones, pero no me terminaba de gustar.
No, no era robarlo, no me sean mal pensados. Era otra treta algo menos censurable que el hurto.

Consistía sencillamente en volver a emparedar aquel libro lo mejor posible, y volver en unos días, con la esperanza de que ningún otro mercenario de Gutenberg diese con el hasta mi vuelta.
Ya que el visible cartel de “No se apartan libros”, hacia que renunciara a la posibilidad de convencer a la chica que seguía enfrascada en su lectura.

¿Qué que hice? Se lo pueden imaginar… acabe en la puerta de la tienda, con el libro en mi mochila, una sonrisa en la cara y tan solo un euro en mi bolsillo.
Tuve que caminar una larga hora bajo la lluvia, sin mas protección que mi capucha, todo el trayecto que solía hacer en autobús, pues mi reciente adquisición me había privado de hacer mas cómodo el viaje.

Pero no importaba, tenia el libro. Ni siquiera me importo el comentario jocoso del chofer del otro autobús que debía coger para ir a mi casa, cuando me vio aparecer hecho una sopa.

-Hay una cosa que se llaman paraguas, niño…

Le reí la gracia, un día es un día, y me senté. Me seque las manos en los vaqueros y saque el libro de mi mochila.

Era un verdadero dinosaurio, un superviviente nato que se negaba a morir comido por los bichos en alguna vieja estantería.
No como los libros de hoy en día, los cuales declaraba al principio de este escrito que no me gustan demasiado.

Los de reciente publicación, ese Capitán Alatriste, por ejemplo, con la jeta del actor Viggo Mortensen en portada, junto a la cita en rojo brillante y en relieve que grita entre sus exclamaciones ¡¡Llevado al cine!! En paralelo, junto a esta y un poco mas abajo, otra del mismo color resultón que reza ¡¡Por tan solo 5 euros!!

Hacerle semejante vejación publicitaria a un libro es denigrante.

De hay que apreciase tanto lo que tenia entre manos, era todo un tesoro… al volver a abrir sus paginas, una de ellas, me contesto dándome la razón.

Azhaag

Relato: El tiempo

Aquí dejo una curiosa y personal visión, de mi buena amiga Yolanda, de algo tan abstracto como puede llegar a resultar el tiempo… a ver si se anima y me hace llegar más textos suyos.


El tiempo

El inexistente tiempo pasa rápido y veloz deja los surcos de su paso en el cuerpo y en los sentidos del alma, esa que acoge todo cuanto acontece en la vida de cada uno de nosotros.
Hoy miro en el espejo de algunos años atrás y puedo tener conciencia de que “el” todo lo calma.
El tiempo nos acoge en su regazo como si fuésemos bebes en pleno llanto y pataleta, para acunarnos y enseñarnos su sabiduría en el mañana.
Aquel mañana que ya no duele, aquel mañana solo hace que te percates de que la más complicada lección es la vida misma y que aquello que más duele es lo que mas enseña, lo que mas fuerte te hace.

Yolanda

4.09.2007

Relato: Nexo de union



Nexo de union

De nuevo mi historia gira entorno a esa aberración automovilística llamada autobús, me encontraba esperando a que llegase, para matar el tiempo, el cual parece que se alarga para fastidiarme cuando lo espero, estaba leyendo un libro.

El muchacho, pantalones raperos, gorra ladeada, y mp3 en las orejas a todo volumen se sentó a mi lado y me miro por encima del hombro.

En ese amasijo de cerebro que se recocía bajo la gorra debió de accionarse ese silogismo de que todo el que lee es un capullo, o algo por el estilo, ya que la mirada que me echo dejaba a entrever esos pensamientos.

Y como era de esperar no medio palabra alguna, ni yo desde luego, y ambos aguardamos en silencio a que llegara el autobús.

Enfrente de la parada, había una enorme rotonda donde los coches pasaban sin parar, de repente, por encima del ruido de los coches se oye un tubo de escape gritando a los cuatro vientos que no da mas de si y haciendo zigzag entre los vehículos aparece un tío montado sobre una moto, que sin frenar para nada, intenta tomar la rotonda.

Los dos, yo, el capullo que lee y el capullo del rapero, levantamos la cabeza en dirección a la rotonda.

El guarrazo es de antología, la moto sale despedida deslizando por el pavimento y el hombre de la moto rueda hasta llegar a la calzada de enfrente, donde rápidamente lo atienden las personas que pasaban en ese momento por ahí.

El rapero me da un golpe amistoso en el brazo, y por un instante dudo de que a lo mejor nos conocemos de toda la vida, ya que si no, no me explico el por que de ese gesto.

-Dios… que clase de ostia se ha dado. Jajajaja, será imbecil el tío…-me dice riendo y levantándose la visera para ver mejor.

Me muerdo la lengua para no soltarle una burrada seguida de una hostia.

Y en silencio espero al bus, con la certeza de que todo lo que envilece al ser humano, ya sea el presenciar como un hombre se estrella con su moto o cualquier otra escena cruenta, sirve de nexo de unión.
Es capaz de mover a las masas con la promesa de brindarles un segundo de superioridad frente a aquel que por poco se deja la vida en el asfalto.
Es tan fuerte dicho vinculo, que logra que el idiota que tengo al lado empatice conmigo, cuando en una primera ojeada nos habíamos dicho mutuamente, no me gustas ni un pelo.

Y con esa amarga certeza sigo esperando al bus, con un gilipollas al lado, lo cual, todo sea dicho, hace la espera mas tediosa aun si cabe.

Azhaag

Video: Los momentos mas divertidos del Fútbol

Sensacional vídeo que recoge algunos de los momentos más divertidos que nos ha regalado el fútbol… tremendamente gracioso.


4.04.2007

Relato: Conversación ante el espejo II


Conversación ante el espejo II

-Oye… llevo tiempo queriendo preguntarte algo. –dije a la figura del espejo, la cual se rascaba los ojos a causa del sueño.

-Tú dirás artista… -contesto.

-¿Como son las cosas ahí? ¿Al otro lado? –le pregunte inclinando la cabeza para intentar ver algo dentro del cristal.

-Veras… lo que ocurre es que no te gustaría demasiado este otro lado… a ti ni a nadie, desde luego. –dijo mientras contenía un bostezo con el puño.

Me había intrigado aun más con su respuesta, así que antes de que se acabara durmiendo, le volví a preguntar.

-¿Y eso por que?

-Hay dos clases de personas en el mundo… aquellas que se conforman con ser el reflejo de otras, estas van a parar siempre a este lado.
Acaban por entrar ellas mismas.
Y luego están las otras, personas que son únicas, para las cuales no hay un reflejo a este lado del espejo, y a las cuales, las primeras intentan emular. –dijo terminando la frase con una sonrisa.

-Menuda respuesta… suena demasiado romántico ¿No crees? –dije burlándome.

-Suena demasiado romántico… ¿Y como esperabas que sonase? Le estas hablando a un espejo, amigo… -dijo antes de cerrar los ojos dispuesto a dormirse.

Azhaag

4.03.2007

Relato: Irene Adler



Irene Adler

La cantidad ingente en el vagón del tren hacia pensar que se había superado en mas de dos y de tres el aforo máximo que este tenia estipulado. Caras contra caras que no se conocían de nada y sin embargo cada una de ellas invadía el espacio vital de la otra, personas emparedadas entre un par de espaldas y el vidrio de las ventanas. Quien tenía la fortuna de portar un periódico u otra revista, improvisaba un muro de letra impresa entre el y los demás, y los que estaban de pie miraban recelosos a aquellos que habían logrado un asiento.

Como aquel caballero, con corte de pelo recién estrenado de la barbería al igual que el perfectamente dibujado bigote, que movía con ligeros soplidos al leer algún párrafo ocurrente del libro que sostenía con ambas manos.

La niña emergió ante el como una sirena cuando el caballero bajo las gastadas tapas de la novela que leía.

De largos bucles rubios y con una mirada impropia en una niña, con demasiada dosis de inteligencia nadando en el verde de su iris.

-Buenas tardes caballero… me llamo Irene Adler ¿Cuál es su nombre? –dijo la niña.

-Me llamo Sebastián, mucho gusto jovencita. –le dijo sonriendo muy educadamente el caballero, creyendo dar por finalizado este encuentro.

Volvió a subir el libro entre el y la niña, sin embargo no pudo volver a retomar la lectura como antes, sentía ese par de esmeraldas aguijonearlo desde el otro lado. El libro volvió a bajar y efectivamente allí seguía aquella niña.

-Mi madre insistía en que no se debe hablar con desconocidos, por eso le he preguntado su nombre y le he dicho el mió, así, supongo que dejamos de serlo ¿No cree? –la niña lo arañaba con la mirada, consiguiendo poner nervioso al hombre que había dejado el libro sobre su maletín, renunciando a terminar el capitulo quince antes de llegar a su estación.
Fue a decir algo, pero la niña prosiguió.

-¿En que parada se baja usted, Sebastián?

-En la siguiente parada, en Gaarder. –le contesto.

-Yo no estoy muy segura de en que parada he de bajar, les he preguntado a un par de caballeros y aquella señora, –dijo señalándola muy sutilmente con la cabeza – pero me temo que ninguno es ni la mitad de amable que usted. –concluyo mientras ablusaba su vestido.

-¿Viajas sola? –pregunto extrañado el caballero.

-Si, me dirijo a Jostein, al funeral de mi madre…-contesto mirando fijamente a los ojos al hombre.

-Vaya… lo siento mucho. –dijo.

-No se preocupe, ahora están todos juntos.
Mama esta junto a Papa y mi hermanito, se que estarán bien, pero me resulta triste ¿Sabe? Sobre todo el pensar si no será algo malo el echo de que no me quiero reunir con ellos… aun no. ¿Cree usted que es algo reprochable, Sebastián? –el caballero no sabia precisar en que momento de la frase abrió la boca en una mueca de pena y asombro.

-No claro que no, pequeña… claro que no. –alcanzo a decir. –Y dime ¿Con quien vives ahora? ¿Un pariente quizás? –le pregunto muy inquieto y visiblemente emocionado a la niña.

-No, estoy sola… al enfermar mi madre me internaron en un orfelinato, ha sido a través de la correspondencia cuando me he enterado de que mi madre había fallecido. Las monjas no me dejaban salir, me decían que para ver a mi madre bastaba con cerrar los ojos y verla en mi corazón.
Yo no lo creo, así que me escape de allí… prefiero verla, aunque sea una ultima vez, con los ojos abiertos. ¿No cree, Sebastián? –le contesto la niña.

El hombre se quedo de piedra ante la firmeza de aquel pequeño mártir de dorados bucles, y sintió como resbalan un par de lágrimas por sus mejillas.
Fue a decirle algo, quizás unas palabras de aliento, quizás de nuevo otro inservible “lo siento mucho”, fueran cuales fueran las palabras, estas se vieron engullidas por la sirena del tren, que anunciaba que habían llegado a la próxima parada.

-Es su parada Sebastián. Ha sido un placer hablar con usted. –le dijo la niña gentilmente y se marcho a través de la marea de personas que arrastraba al hombre hacia la salida, aun con las lagrimas secas en sus mejillas y un nudo en la garganta.

La niña cruzo un par de vagones, hasta llegar a una serie de camarotes para aquellos que podían costearse el hacer más cómodo su viaje en tren.
Se detuvo ante el siete, abrió la puerta y entro.
En el había una mujer que descansaba dormida sobre el hombro del que parecía su marido, el cual también reposaba dormido. Y al otro lado, en el banco de enfrente, un niño que la miraba fijamente.

-¿Dónde has estado Irene? Estaba a punto de despertar a mama y a papa, al ver que no regresabas… -le dijo el niño mientras Irene se sentaba a su lado y le peinaba bien el flequillo.

-Estaba dando una vuelta por los vagones, tampoco he tardado tanto. –le dijo regalándole una sonrisa.

El niño tenía a su lado un montón de cáscaras de nueces, que comía para matar el tiempo, e intentaba partir otra con las manos desnudas.

-¿Quieres una, Irene? –dijo, mientras intentaba quebrar la cáscara.

La cáscara se rompió con un onomatopéyico “crash” y el niño le ofreció la nuez a Irene.

-¿Has visto que fuerte soy? –dijo, lleno de orgullo y aun con la cara roja por el esfuerzo.

-Yo lo soy mucho mas, acabo de hacer llorar a un hombre. –le contesto a su hermano con un sonrisa maliciosa que el pequeño no entendió, y volvió a peinarle el flequillo.

Azhaag