Conforme subes a mi cuarto, en el último tramo de escalera, colgado de la pared tenemos “Il Desgielo” de Monet, es un cuadro que ejerce sobre mi cierta atracción que en ocasiones logra que me detenga en seco frente a el, pese a haberlo visto miles de veces ya.
Es un paisaje muy apagado, con un sol sin vida flotando en el cielo, el cual, sin embargo, esta derritiendo el lago helado que ocupa gran parte del cuadro. No entiendo de estilos, no comprendo si es más complicado usar la acuarela o el óleo, si es mejor esbozar a carboncillo o a grafito, que estilo, de los múltiples que hay, resulta el más complejo… soy un total profano en la materia, sin embargo la admiro. Quizá por la nula capacidad que tengo a la hora de dibujar. El caso es que hay veces, frente a ciertos cuadros, como el de Monet que cuelga en mi casa, que me quedo ensimismado mirándolos. Preguntándome cual de las millones de pinceladas que conforman el dibujo ha sido la primera en insuflarle vida al lienzo desierto, o cual ha sido la ultima, la cual para el artista, era la necesaria para poder completarlo. Pensamientos tales como si lo que reposa en el lienzo, ese paisaje inmortal e imperecedero, existe de verdad en algún lugar. Si la hoja que el pintor tuvo a bien pintar suspendida en el aire, en verdad, hace años que llegó al suelo.
O si de lo contrario, tal lugar no existe en ninguna parte. Si ese árbol con esa rama quebrada jamás dio sombra alguna, o si ese lago cuyas aguas lamen las rocas negras enclavadas en la tierra, cuyo verdor compite con el de las hojas de los árboles, en realidad, solo existieron tras crearlos el artista. Fueron para él ese lugar de retiro que nunca encontraba.
Como digo, no entiendo, pero ansío comprender, por lo que me acerco casi a diario a los principales maestros de la pintura y a sus obras, y también a los menos reconocidos, a esos que no figuran en los anales del arte vete tú a saber porqué, como ya os digo, yo no entiendo…
El extraño de hoy me voy a encargar que deje de serlo para ti, se llama Rob Gonsalves y es de Canadá, nacido en 1959, en Notario. Se dice admirador y estar influenciado por Salvador Dalí, para la crítica, para los que entienden, su arte entra dentro del género de “realismo mágico”. Tiene verdaderas maravillas, pero yo he seleccionado mis favoritos.
Los cuales no me importarían que acompañasen a Monet en mi escalera.
2.17.2008
2.13.2008
Relato: Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, de Julio Cortázar

Ya me pasó con Kipling y ahora me ocurre con Cortázar. Hace no mucho descubrimos que los creativos de publicidad se valieron de un poema de Kipling para maravillar al mundo con un genial spot publicitario, pues bien, otro anuncio televisivo que tiene como protagonista un reloj y un coche vuelven a tener su origen en la prosa de otro de los grandes, de Julio Cortázar.
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
El spot publicitario en cuestión:
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
El spot publicitario en cuestión:
Los creativos de publicidad son cualquier cosa menos creativos según se ve… Esta claro que son del parecer de que la originalidad muere ahogada inmersa en el basto océano de lo ya creado.
Triste, muy triste…
Azhaag
2.09.2008
Relato: Caronte, de Lord Dunsany

Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.
Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.
Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.
Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.
Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.
Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.
Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.
Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.
Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.
"Soy el último", dijo.
Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.
Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.
Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.
Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.
Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.
Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.
Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.
Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.
Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.
"Soy el último", dijo.
Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.
Lord Dunsany
2.07.2008
Microrelato: Miedo

“Para quien tiene miedo todo son ruidos.”
Sófocles
Se encontraba en su casa a oscuras, como siempre…
Pero un día se vio obligado a salir a la calle y a la luz exterior. Para él fue como si lo pariesen por segunda vez. Todo le resultaba nuevo y demasiado amenazador. Era como si el mundo tuviese dedos que lo palpaban con curiosidad.
El viento le rozaba y alborotaba su cabello, el sol, que brillaba enfrente de él, calentaba sus pálidas mejillas, la arena que pisaba crujía de forma lastimera bajo su propio peso, y había demasiados colores en todo, en el cielo, en las flores, en los árboles… aquello fue demasiado para él, giró sobre sus talones dispuesto a entrar de nuevo en la seguridad que le brindaba la oscuridad de su casa, pero se paró en seco.
Había alguien entre él y la puerta. Erguido amenazador y vistiendo ropas negras. Asustado, comenzó a correr tratando de huir, pero aquella persona lo siguió. No era capaz de dejarlo atrás mientras profería alaridos y corría cada vez más aprisa.
Aquel desconocido le pisaba los talones. Corrió y corrió, hasta que llegó un momento en que el aire que respiraba era como fuego que lo abrasaba por dentro, y las piernas parecían que iban a explotarle de un momento a otro. Cuentan que aun sigue corriendo y gritando, con el cabello encanecido por el miedo, pues aun le sigue su propia sombra.
Azhaag
2.06.2008
Poesía: Poesía amiga II
El amigo Juanqui vuelve a regalarnos una de sus poesías. Esta en concreto la escribió de madrugada, quien sabe si fruto de ese insomnio amateur que gasta últimamente.
Os dejo con ella…
A contrareloj
En el abismo de una habitación
Las paredes no tienen nombre
El arco iris pierde el color
Degustando una angustia sin sabor
No hay humano incoherente
Solo miedo sin dolor
Olvido el día
Con veinticuatro horas de antelación
Sigo buscando
El alimento de un gentil temor
Doy media vuelta
Me refugio en mi caparazón
En una esfera
Guardo restos de un tiempo mejor
En la catarsis de la sin razón
Las reglas cambian de piloto
Todo está bajo control
Tiñendo los impulsos de azar
La mentira no tiene nombre
Tu refugio está al llegar
Salgo a la caza
De ideales basados en la verdad
Sigo buscando
Las causas de un principio sin final
Atormentado
Dejo que el tiempo mate al temporal
No habrá legado
Mis emociones se evaporarán
En los pilares de la humillación
El meridiano abruma al hombre
El erudito duerme en paz
En las palabras sin esplendor
Lo que la verdad esconde
Está oculto en un cajón
Olvido el día
Con veinticuatro horas de antelación
Sigo buscando
El alimento de un gentil temor
Doy media vuelta
Me refugio en mi caparazón
En una esfera
Guardo restos de un tiempo mejor
Sin alegrías para desechar
El monte corre hacia el lobo
Las hienas lo esperaran
Con la mirada puesta en el sol
Tu andadura ya se ciega
El fuego apaga el calor
Salgo a la caza
De ideales basados en la verdad
Sigo buscando
Las causas de un principio sin final
Atormentado
Dejo que el tiempo mate al temporal
No habrá legado Mis emociones se evaporarán
Dirty Dog
Os dejo con ella…
A contrareloj
En el abismo de una habitación
Las paredes no tienen nombre
El arco iris pierde el color
Degustando una angustia sin sabor
No hay humano incoherente
Solo miedo sin dolor
Olvido el día
Con veinticuatro horas de antelación
Sigo buscando
El alimento de un gentil temor
Doy media vuelta
Me refugio en mi caparazón
En una esfera
Guardo restos de un tiempo mejor
En la catarsis de la sin razón
Las reglas cambian de piloto
Todo está bajo control
Tiñendo los impulsos de azar
La mentira no tiene nombre
Tu refugio está al llegar
Salgo a la caza
De ideales basados en la verdad
Sigo buscando
Las causas de un principio sin final
Atormentado
Dejo que el tiempo mate al temporal
No habrá legado
Mis emociones se evaporarán
En los pilares de la humillación
El meridiano abruma al hombre
El erudito duerme en paz
En las palabras sin esplendor
Lo que la verdad esconde
Está oculto en un cajón
Olvido el día
Con veinticuatro horas de antelación
Sigo buscando
El alimento de un gentil temor
Doy media vuelta
Me refugio en mi caparazón
En una esfera
Guardo restos de un tiempo mejor
Sin alegrías para desechar
El monte corre hacia el lobo
Las hienas lo esperaran
Con la mirada puesta en el sol
Tu andadura ya se ciega
El fuego apaga el calor
Salgo a la caza
De ideales basados en la verdad
Sigo buscando
Las causas de un principio sin final
Atormentado
Dejo que el tiempo mate al temporal
No habrá legado Mis emociones se evaporarán
Dirty Dog
2.03.2008
Relato: El otro yo, de Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando.Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
Mario Benedetti
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