11.30.2009

Música: Rob Dougan

Considero que cualquier acto de creación artística, ya sea un escrito, un dibujo, una escultura, puede verse influenciado por factores externos. No me veo escribiendo un jocoso articulo si por mis auriculares suena el melancólico Claro de Luna de Beethoven, de igual forma, no soy capaz de crear una atmósfera dramática y triste si tengo a un Ray Charles lleno de vida cantando What´d I Say. Trato de buscar la neutralidad en cualquier música que oiga, o al menos, un equilibrio compensado entre temas alegres y enérgicos, y composiciones con un matiz más triste y acompasado. Por ello, el señor Rob Dougan ocupa un puesto preferente en mis listas de audio. Os dejo con él...












Azhaag

Artículo: Entre mujeres guapas y pinchos de tortilla anda la cosa

Estoy convencido de que Einsten formuló su teoría de la relatividad un domingo, una tediosa tarde en la cual el fin de semana agonizaba entre eternos estertores de muerte. Una de esas en las que los segundos parecen dilatarse haciendo que el devenir del minutero no sea otro que aplastarte con su parsimonia. Para mí, los domingos suponen morir ahogado en un inmenso océano de miel, dulce por las oportunidades que ofrece en apariencia, donde las más variadas actividades de ocio parecen tener cabida, pero en donde al final, siempre acabo engullido por su naturaleza densa y voraz. Ya que uno mira al reloj esperando una hora, quizá la siguiente, pese a que en verdad uno no espera nada de ella. Nada más triste que aguardar a algo que uno no sabe siquiera que es o si llegara una vez dejados atrás esos irrecuperables sesenta minutos gastados en vano. Los domingos tiendo a esperar a que alguien me rescate de mi propio ensimismamiento, de mi trance hipnótico con la mirada clavada en el reloj. Aquel domingo mi rescate llegó en forma de llamada de teléfono y de voz amiga al otro lado. Con la propuesta de pasarse a recogerme y tomarnos algo en algún bar. Intente que mi grado de desesperación no fuera muy notorio a la hora de regurgitar un “si, claro, por supuesto que si”. Había burlado a mi particular océano de miel por aquel domingo, así que me vestí y espere a que vinieran a recogerme. Al rato llamaron a mi puerta dos amigas y juntos, fuimos a tomarnos algo a un bar cercano. Hablando en el paseo hasta este, como no, de la naturaleza densa de los domingos. Es una realidad universal al parecer, que no cambia al ser otros los ojos del observador que la experimenta en carne propia. Acuciados por un frío insidioso nos vimos obligados a cobijarnos en el bar más cercano. Uno donde la temperatura era confortable, las bebidas se disponían sobre la mesa con premura, la tapa generosa, y la compañía, en cuanto reparé al verme sentado con dos chicas guapas y de agradable conversación, insuperable. Aquellas dos sirenas me habían salvado de mi particular naufragio. Estuvimos hablando de títulos adquiridos en la feria del libro. De películas objetables por su escasa calidad que adornaban las marquesinas de los cines. De volver a quedar el próximo domingo para salvarnos mutuamente de nuevo. Y en mitad de aquella agradable reunión, una hermosa mujer se me mete en un ojo. Así, como suena. Como si de una molesta espina que intentara acaparar toda la atención se tratase. Me acerco a ella en la distancia, mientras intento no perder el hilo de la conversación. Alta, esbelta, atractiva, y una variada y suculenta amalgama de adjetivos conformaban a aquella mujer, que situada en otra mesa, jugaba despreocupada con uno de sus rizos entre sus dedos, mientras reía ante la ocurrencia de turno de alguna de aquellas personas que estaban sentada junto a ella. Resultaba demasiado dispar en medio de aquel bar como para obviarla, tenía una belleza demasiado milimétrica. Donde no cabía imperfección alguna, ya sea a modo de mechón de pelo obstinado y rebelde que no se deja peinar como el resto, o un maquillaje insuficiente o, por el contrario, demasiado sobrecargado. Una belleza demasiado premeditada, a la cual solo le faltaba un marco que delimitase su perfección para disfrute de los allí presentes. Mi amiga Vivi se me acerca con disimulo al oído.

-Esa es una de las reporteras del programa España Directo… -me comenta, tal y como si me hubiera escuchado pensar sobre aquella mujer en voz alta en mi cabeza. Al segundo de darme la identidad de aquella guapa anónima, el bar se transforma en algo muy parecido al camarote de los hermanos Marxs. Hombres entrando a diestro y siniestro y portando sendas cámaras de televisión, mujeres con auriculares en la cabeza moviendo serpentinamente cables por el suelo, proyectores de luces por aquí y por allá, y aquella guapa anónima dirigiendo todo aquel caos valiéndose de su dedo a modo de batuta. Entramos en directo en cuatro minutos, grita una voz, y el silencio que precede a la mas nerviosa de las marabuntas invade aquel local, como breve preámbulo a un constante bullir impaciente por parte de todos. Mis amigas se miran mutuamente, preguntándose casi a la vez si están bien peinadas, para al segundo, como si no confiasen la una en el criterio de la otra, hacerme a mí la misma pregunta. No puedo más que reírme ante aquella escena. Se forman colas en los baños para echarse la última ojeada frente al espejo, antes de ser inmortalizado por la cámara de televisión. En medio de aquel caos, la guapa anónima repasa su entradilla, anda con el oficio de una top-model el recorrido que realizara cuando entre en directo, y dispone por todas las mesas, incluida la nuestra, una retahíla de servilletas. Al parecer se trata de eso, las servilletas llevan impreso un mensaje contra la violencia de género, el cual deduzco será el tema de aquel reportaje. Mi amiga me arrebata de un zarpazo la servilleta, reclamando toda mi atención ¿¡Qué si estamos guapas!? Me rugen. Guapísimas, contesto, y todo aquel circo mediático comienza su función. La reportera da paso a su entradilla, mientras el cámara nos escudriña a todos, que no podemos hacer más que lucir nuestra mejor cara de poker, en un intento desesperado de adoptar la más difícil de las poses, que no es otra que la más despreocupada naturalidad. El reportaje en cuestión tiene como motivo dar a conocer la creación de una organización de hombres contra la violencia de genero, y las servilletas adornadas con la consiga “Plena igualdad y violencia cero” son un original panfleto publicitario con el que los parroquianos de aquel bar se sensibilizan con la causa, a la par que se limpian los morros tras la correspondiente tapa de rigor. El reportaje termina, y el dueño del bar lo muestra a modo de bucle, quizá imbuido por la naturaleza retardada de los domingos, una y otra vez en el televisor del local. Todo son risas y júbilo, y la inverosímil sensación de que, por el mero hecho de haber estado allí sentados, comiendo pinchos de tortilla y aceitunas, hemos contribuido a denunciar y a erradicar un poco más la lacra de la violencia de género en la sociedad. Una utópica e inservible ilusión que se desvanece al poco rato, tan endeble y poco eficaz, que la mejor forma de ilustrar su ineficacia es bajar la vista al suelo, y ver allí aquel icono a modo de servilleta arrugada y pisoteada para entender que esta puesta en escena por la televisión, con presentadora guapa incluida, solo subraya un problema que precisa una solución drástica ya. Un endurecimiento de las condenas, una mayor atención por parte de las autoridades, un castramiento a cualquier desgraciado que se hace llamar hombre mientras golpea el rostro de la mujer que años atrás juró amar, sugeriría yo. No otro reportaje más, del montón, que sólo sirve para arropar a tantisimas victimas o quizá para maquillar la ineficacia tanto de policías como de familiares de las victimas a la hora de actuar.
O puede que no… puede que esa servilleta arrugada a mis pies si haya cumplido su cometido, quizá haya propiciado este artículo y el correspondiente periodo de meditación sobre el asunto por mi parte y por la de todos los que nos reunimos allí, aquella tarde de domingo. Tal vez baste algo tan simple como eso, una mísera servilleta con algo que recordarnos a los que portamos el estandarte de la masculinidad, a los miles y miles de varones que sentimos rabia al comprender que bajo nuestra bandera, hay cientos de nosotros que levantan aun puños cerrados, que patean, violan y asesinan, y que se hacen llamar, para vergüenza y asco de los que si lo somos, hombres.




Azhaag

11.07.2009

Perlas de sabiduría: Ray Bradbury



















“…últimamente he dado con un nuevo símil para describirme. Puede ser de ustedes: Todas las mañanas salto de la cama y piso una mina. La mina soy yo. Después de la explosión, me paso el resto del día juntando los pedazos.”



Ray Bradbury


Artículo: Cuando a Miles Davis lo interrumpió un polluelo
















“La existencia de vida en el universo es un fenómeno muy sobrevalorado.”

Watchmen, de Alan Moore y David Gibbons



Resulta complejo pensar que es y que supone la vida. Es un concepto abstracto, y tiende a ayudar si uno, cuando piensa en ella, lo hace en forma de alegoría. Hace unos días, esta misma alegoría de la que me dispongo a hablaros, me interrumpió mientras escribía. Con el cuarto apestillado, acentuando el calor, pero aislándome de ruidos molestos. El messenger ataviado con el claro mensaje disuasorio de que no se me molestase bajo ningún concepto. Y a Miles Davis sonando en los altavoces para aislarme incluso del monótono sonido de mi propia respiración, tan continuo y rítmico como un metrónomo. Todo estaba dispuesto, forma parte de mi pequeño ritual. El cual, si no lo llevo a cabo, me incapacita una barbaridad en la empresa de poder escribir. Las letras fluían y el resultado obtenido me agradaba, cuando de repente, al instante en que acaba el tema “Donna” con sus últimos compases agónicos de piano y trompeta, el silencio se hace presente en mi cuarto. Y su vacío se llena de un tenue y onomatopéyico “pío-pío”. Demasiado cercano como para que el ave en cuestión este encima de la chimenea y su sonido me llegue caído desde allá arriba hasta mi habitación, y demasiado constante, demasiado persistente, como para que mi atención lo pase por alto al comenzar un nuevo tema de Davis. Detengo la música, y el cursor se queda parpadeando impaciente en el monitor a la espera de que lo siga alimentando con palabras, pero aquel “pío-pío” me sigue llamando desde el exterior. Me levanto de la silla y me acerco hasta mi terraza, al descorrer las cortinas carcomidas por el sol, descubro al culpable. A la alegoría de la que os hablaba al comienzo. Un diminuto polluelo, de gorrión seguramente, yace bajo mis pies. No tendrá más que unos días. Su aspecto es de lo más grotesco. El buche lleno e inflamado, las costillas dibujando una diminuta caja torácica bajo su piel casi translucida, con el único y difícil cometido de proteger un corazoncito que, para mi asombro, aun late. Así puedo apreciarlo por el pulso constante que recorre el cuerpecito del pobre animal. Los ojos hinchados y negros, ciego aun. Me arrodillo para obsérvalo con más detenimiento, de forma instintiva continua piando. Pidiendo auxilio a una madre que ya no puede hacer nada por el, salvo quizá, mirarlo desde arriba, desde el borde del nido desde el que se ha caído, situado en alguna de las tejas de mi tejado. Me planteo que hacer con el, su cuerpecito debe de presentar mil y una hemorragias internas por el impacto de la caída. Debe de estar sufriendo… me cuestiono si seria capaz de cogerlo entre mi mano y, de un apretón, acabar con su agonía. Pero me descubro demasiado cobarde, me faltan redaños para robarle la vida, aun a expensas de considerarlo un acto de bondad con tal de que no siga sufriendo, de un apretón sobre su trémulo cuerpecito. Así que en un gesto que, mirado en la lejanía del ahora, se me antoja vomitivo y carente de tacto, levanto mi pie sobre el. Y es a un segundo de aplastarlo cuando el polluelo decide hacerme ver que es más duro de lo que aparenta. En un esfuerzo titánico por su parte, aun tumbado sobre la losa de cerámica, levanta su cuello hacia mí, piando con más fuerza que nunca, rogándome algo de comer. El pie se queda donde esta, suspendido en el aire, a centímetros de darle una muerte rápida e indolora, y a la espera de una resolución por mi parte. El pollo me sigue rogando una prorroga, me sigue gritando que de agónico nada, que hace falta algo más que una caída desde cuatro metros de altura para matarlo. Lo cojo como si manipulara nitroglicerina, con el tacto de un artificiero, y me pregunto, muy bien, alma samaritana ¿y ahora que vas a hacer con el? Sintiendo su cuerpo calido sobre la palma de mí mano se me antoja aun más frágil. Tan ligero, tan desprotegido y tan tibio a la vez, con ese anhelo por vivir en su constante piar demandándome algo de comer. Hay que joderse, me has roto una racha cojonuda escribiendo, mamón, le digo. El pollo sigue a lo suyo, que si pío-pío. Habrá que improvisar… bajo hasta la cochera y rescato de entre unas cajas polvorientas una jaula para pájaros, la adecento un poco, y le coloco un nido de esos artificiales para la cría de aves. Mi padre es un gran enamorado de los canarios y la avicultura, y por fortuna, dispongo tanto del nido ya hecho como de la protección que le va a brindar la jaula. Ya tiene un lecho, genial ¿y ahora? ¿Me como una mosca y se la regurgito? Deseche la idea de masticar moscas y opte por probar a darle de comer la especie de papilla amarilla que contenía el saco en cuya etiqueta rezaba “Alimento especial para crías”, que tenía mi padre junto al alpiste. No se si sabía más especial en relación a las moscas regurgitadas, pero al pollo le gustó. Se aferraba a las pinzas con las que emulaba el pico materno para darle de comer con una fuerza impresionante. Tras comer, su constante piar se silenciaba, y se limitaba a dormitar. Ajeno a la amarga realidad de haber perdido a su madre y a sus hermanos. Parecía importarle un cojón de pato, siempre y cuando estuviera yo presto con las pinzas en la mano para emular la manutención que le proporcionaba mama antes de la repentina caída desde el tejado. Así me tuvo por espacio de tres días, comiendo como si no existiera el mañana, y en parte, su actitud resultaba de lo más profética. Pues al tercer día lo halle muerto en la jaula. Desconozco porque su diminuto corazoncito echó la persiana y colgó el cartelito de cerrado… quizá por las heridas internas provocadas por la caída, no lo se. Sin mayor ceremonia que la de depositarlo con sutileza en lugar de arrojarlo a la basura, me deshice de él. La jaula retorno a su sitio, el nido se volvió a quedar vacío, y Davis siguió llenando mis silencios mientras escribía; mientras escribo estas líneas. Y es llegado a este punto cuando creo oportuno rescatar el tema de la alegoría como forma de definir la vida. No se si desde una óptica negativa y cruda, o quizá demasiado poética, el caso es que cualquiera de los mortales tendemos a entender siempre mejor las cosas en forma de fabulas o, como he señalado, en forma de alegoría. Se hace más digerible, más visual el concepto. ¿Qué es la vida? La vida no es más que un paroxismo. Quizá no sea más que, con el empeño de desvestirla de circunstancias que solo la adornan, y optar por la síntesis a la hora de definirla, una caída hacia una superficie tan dura e ineludible como la realidad en si misma. Una caída que mata. ¿Qué es la vida? Posiblemente no sea más que el breve intervalo en el que estas suspendido entre el espacio dejado por el regazo materno y el suelo. Eso es la vida en su definición más áspera y concisa. Solo somos almas que caen esperando encontrar nuestro fin, lo único reseñable, y positivo, dentro de tanta definición taciturna y nihilista, y a la par sorprendente y digno de mención, es que hay personas que lo hacen a diario, no como yo, que me vi incapaz de matar a un polluelo y, movido por la vergüenza, realice una acción altruista y generosa. No, no me sean simples. Me refiero a aquellas personas que, incluso inmersos en la misma caída hacia el fin que las personas que se deciden a ayudar, hacen de la caída de sus semejantes algo más llevadero, algo más dilatado en su tiempo. Algo más humano. Tómenlos a ellos como ejemplo, a las monjas y curas despeinados, melenudos y con pinta de harapientos, que se dejan machetear por las guerrillas en las misiones de África. A la gente que regala su tiempo para atender a quienes no conocen, a los enfermos, a los desfavorecidos, a los apestados de la sociedad. A cualquiera que hace algo por alguien sin esperar nada, aun consciente de que ambos caen hacia el mismo destino. Y de mí olvídense, me he limitado a dilatar la vida de un polluelo por vergüenza a dejarlo morir bajo mis pies. Y tras su muerte, y con vistas a que no se me vuelva a presentar la misma situación, cierro la ventana de mi terraza, haciendo de mi cuarto un verdadero e insufrible horno. Y pongo a todo volumen al amigo Miles Davis, hasta dejarlo afónico a él y a su trompeta, con tal de no volver a tener que, o bien dejar de escribir, y hacer más llevadera una caída hacia el vacío, o convertirla en algo más rápida de un pisotón que no tuve bemoles a hacer sonar aquel día en mi conciencia y que dudo mucho de que me atreva a dar en un mañana al que le doy la espalda sin más, precisamente por temor a verme en semejante encrucijada. Así soy de cabrón, prefiero escribir en mi relativo silencio plagado de música, que volver a verme en la tesitura de hacer callar a Miles Davis por un piar moribundo.




Azhaag



10.22.2009

Biblioteca: Demonio de Libro, de Clive Barker

























“El trabajo de Barker hace que parezca que los

demás llevamos dormidos los últimos diez años.”

Stephen King



Por circunstancias propias, lejos de ser ajenas, llevaba un tiempo sin leer nada de mi género literario favorito, que no es otro que el g,enero de terror y fantástico. Tenía la lectura pendiente de ciertas novelas y ensayos, y me había impuesto darles prioridad antes de zambullirme de nuevo en alguna buena novela de terror. Así pues, acudí a una de mis librerías por antonomasia. Con tal de facilitarle el trabajo a mis biógrafos, decir que son tres las librerías a las que soy adepto; la librería Draco, junto al río genil, donde el propietario me trata con trato preferente tras años de ganarme este privilegio a pulso, o más bien, y me estoy engañando a mi mismo, al ver en mí a un yonki y saberse él mi camello particular. Luego esta la librería Flash, que aparte de ganar clientela a base de traerte libros que uno no encuentra en un par de días, tiene a una chica trabajando allí, tras el mostrador, que dadas sus espectaculares cualidades físicas, ha debido de enganchar a la lectura a más de uno y a más de dos bajo la excusa de verla a ella. Y por último, mi querida librería de viejo, enclavada en el casco antiguo de Granada, la librería Reciclaje. Donde uno, de tener un par de euros en el bolsillo y no ser alérgico al polvo y a los ácaros que abundan en sus estantes, encuentra autenticas maravillas tiradas de precio. Como ven, destinos no me faltan. Aquel día dirigí mis pasos hacia la librería Draco, y como quien le pide al camarero lo que desea degustar, le conté al dependiente que deseaba paladear algo con regustillo a Poe, a King, al amigo Lovecraft… un libro de terror de la vieja escuela, pero de reciente publicación, pues los clásicos ya los había ingerido. El dependiente me dijo que esperase, que me iba a traer una novedad que le había llegado no hace mucho, y que me la recomendaba personalmente, al haberla leído él recientemente. Me volvió con una novela en las manos y me la cedió. Clive Barker, pude leer, el pupilo aventajado del propio King. Conocía a este escritor. Había leído gran parte de su obra, pero ignoraba que había sacado nueva novela.


-¿De que va? –le pregunté, al tiempo que la volteaba en mis manos para leer su contraportada.


-Solo te voy a decir una cosa: que pese a haberme insultado el libro a la cara, llegué a su final sin intención de quemarlo en absoluto, porque tío, es genial.


Levanté la vista extrañado ante la parida que me había soltado como respuesta ¿Un libro que le insulta a uno? ¿Quemarlo? Y el dato más relevante ¿Qué el librero lo había definido como genial cuando él no alababa una obra ni borracho? No se hable más; aflojé la pasta y me largué presuroso, loco de ganas de que a mí también me insultase aquel libro.





Clive Barker (1952), natural de Liverpool, Inglaterra. Escritor, director de cine y artista visual, estudió Ingles y Filosofía en la propia universidad de Liverpool. Como habrán podido leer en la reseña adjunta al inicio de este escrito, el señor Barker ha sido laureado muchas veces por el mismísimo Stephen King; esto ya lo pone a uno en alerta, que el más grande escritor de terror contemporáneo vivo suelte semejante piropo de uno ha de ser la carta de presentación más codiciada y envidiada de propios y extraños. Y Clive Barker la tiene, y se la ha ganado, desde luego. Su obra deja entrever un estilo propio e inimitable, una nueva forma de ver el terror. Se podría decir, para ser claros y no andarnos con rodeos, que llama a las cosas por su nombre. Que no suaviza la violencia, ni maquilla el sexo, ni se muestra menos macabro de lo que le pide el cuerpo, mordiéndose la lengua o, en el caso de un escritor, dándole a la tecla de borrar; ni muchos menos. Quienes se acerquen a la obra de Barker observarán que estas son sus constantes, sus parámetros, las lindes de su creación. Las que definen y limitan el espacio por donde le gusta moverse, donde se siente más cómodo. Violencia, sexo, y terror, son su trío de ases, y con estas cartas, nadie le gana una mano. Demonio de Libro, recoge la esencia de los tópicos clásicos de libros malditos que esconden bajo sus tapas un terrible secreto, una fuente de erudición poderosa, pero que consumirá a su lector ante el peso y la trascendencia del secreto que cobijan sus páginas. Este libro, podemos afirmar, es primo directo del Necronomicón de H.P Lovecraft. Salvo por una diferencia, en la cual radica su genialidad; el libro como tal es un ente vivo. En el se encuentra atrapado un demonio que se nos presentará con el nombre de Jakabot Botch. La narración esta escrita en primera persona, esto puede tal vez echar un poco para atrás a los escrupulosos y enamorados de la tercera persona como servidor, pero en este caso confiere un matiz de confesión, de secreto íntimo, de diálogo en tiempo real con el lector. Pues el señor B., así gusta de llamarse el demonio, nos ira hablando a nosotros directamente mientras avanza su historia. Y nada más comenzar la lectura, desde la primera página, nos hace un ruego claro y chocante para los amantes de la letra impresa: que dejemos de leer, y al segundo, quememos este libro hasta convertirlo en cenizas. Es por nuestro bien, asegura. Ante nuestra negativa y nuestra constante intención de seguir leyendo el demonio perderá los nervios, nos insultará, blasfemará, nos amenazará, intentará chantajearnos, y poco a poco ira confesándonos su historia, el terrible secreto que él conoce y la causa por la cual quedó preso en este libro. Su historia, siempre a grandes rasgos, pues mi intención es la de no desvelaros más que lo fundamental, tiene su inicio en su propia niñez, donde convive con su madre y el borracho y desalmado de su padre en el mismísimo infierno. Tras una gran discusión mantenida con su padre, Botch huirá de las palizas y el abuso inflingido, y en su fuga será atrapado por los de arriba, por nosotros, los seres humanos. Es de este modo como llega a nuestro mundo, a nuestro plano existencial. En el se unirá a otro demonio que lleva tiempo pululando por la tierra, el sabio Quintoon. Una historia original donde las haya, con un personaje que se hace querer, por muy cabrón y demoníaco que pueda llegar a ser. Y ya para terminar decirte que no te dejes engatusar por este pícaro demonio, ni mucho menos asustar… o tal vez un poco, en cualquier caso, no cedas a sus amenazas ni a sus demandas y, por favor: no quemes este libro.






“No fue justo ¿Por qué tuve que perder la oportunidad de contar mi historia cuando son cientos quienes, con historias mucho más aburridas que contar, publican libros todo el tiempo? Yo conozco el tipo de vida que llevan los escritores: se despiertan por la mañana, da igual lo tarde que sea, se sientan en su escritorio sin tan siquiera asearse, se encienden un cigarro, se beben su té y escriben la primera basura que les viene a la cabeza ¡Menuda vida! Yo hubiera podido tener una vida como esa si mi primera obra maestra no hubiera sido quemada ante mis ojos. Y hay grandes cosas dentro de mí. Obras que harían llorar al cielo y arrepentirse al infierno. Pero ¿he conseguido escribirlas, verter mi alma en unas páginas? No.

En lugar de ello, soy un prisionero entre las cubiertas de este miserable volumen con tan solo una petición que hacer a algún alma caritativa:

Quema este libro.”





“Requiere valor prender fuego a tu primer libro, desafiar la empalagosa sabiduría de tus mayores y conservar las palabras como si fueran, de alguna forma, preciosas ¡Piensa en lo absurdo de todo eso! ¿Hay algo en tu mundo o en el mío, arriba o abajo, más fácil de obtener que las palabras? Si lo valioso de las cosas va unido de algún modo a la excepcionalidad ¿Hasta que punto pueden ser preciosos los sonidos que producimos, despiertos o dormidos, durante la infancia o la senelidad, cuerdos, locos, o, simplemente mientras nos probamos sombreros? Existe un exceso de palabras. Todos los días miles de millones son vomitadas por lenguas y bolígrafos. Piensa en todo lo que las palabras expresan: seducciones, amenazas, exigencias, suplicas, oraciones, maldiciones, presagios, proclamaciones, diagnósticos, acusaciones, insinuaciones, testamentos, juicios, indultos, traiciones, leyes, mentiras, libertades, etcétera, etcétera; las palabras no tienen fin. Tan solo cuando se haya pronunciado la última silaba , ya se trate de un dichoso aleluya o de alguien que se queja de la tripa, solo entonces creo que podremos asumir de un modo razonable que el mundo se ha acabado. Creado con una palabra y, ¿quien sabe?, tal vez destruido por otra.”




“Ah, eso hace que me pregunte… la idea de mí hablándote hace que me pregunte ¿Cómo sueno en tu cabeza? ¿Me has puesto la voz de alguien a quien siempre has odiado, o de alguien a quien quieres? O espera: ¿sueno como tú? No ¿verdad? Eso seria extraño ¡Seria muy extraño! Seria como si yo en realidad no existiese, salvo en tu cabeza.”




“Ahora ya sabes como me fui de viaje con Quintoon. Nos lo pasamos bien en los años que siguieron, yendo de sitio en sitio y jugando a lo que nos gustaba denominar los viejos juegos: causar la muerte al hablar, convertir a los bebes en polvo mientras mamaban, tentar a los hombres y mujeres de Dios (normalmente con sexo), incluso entrar en el Vaticano por las cloacas y embadurnar con excrementos los nuevos frescos que habían sido pintados usando un método que permitía al artista conseguir la ilusión de la profundidad. Quintoon se sentía molesto por no haber estado allí cuando se había utilizado el invento y su mal humor lo animó a esparcir las boñigas con un particular entusiasmo.”



“Viajábamos de noche, en caballos robados que cambiábamos cada pocos días. No siento un gran cariño por los animales, ni conozco a ningún demonio que los sienta. Tal vez lo que tememos es que su condición se encuentra peligrosamente cerca de la nuestra, y que no supondría más que un capricho por parte del Dios del Génesis y el Apocalipsis, creador y destructor, ponernos a cuatro patas, con los collares de la humanidad alrededor de nuestros cuellos y correas sujetas a ellos. Después de un tiempo, llegue a sentir un cierto grado de simpatía por aquellos animales, que eran poco menos que esclavos, cuya imposibilidad de quejarse les negaba el poder de protestar, o al menos de contar sus historias: bueyes enyuntados y sometidos mientras luchaban por arar la implacable tierra; ruiseñores cegados en sus sencillas y pequeñas jaulas cantando para si mismos hasta el agotamiento y creyendo que su música hacia mas llevadera una noche interminable; crías no deseadas de perras o gatas arrancadas de las mamas de sus madres y masacradas mientras ellas miraban, incapaces de comprender una sentencia tan terrible.”



“Allí estarás a salvo, incluso de Dios. Piénsalo, a salvo incluso de Dios, que es cruel, igual de cruel que seriamos todos si fuésemos Dios y no temiésemos a la muerte o al juicio.”



“¡Demonios! Que forma tan mediocre tiene el lenguaje de describir su propia muerte; las opciones son penosamente escasas cuando se trata de encontrar las palabras para expresar su propia destrucción. Estoy a punto de quedarme en silencio a falta de las palabras adecuadas.

En silencio ¡Ja! Tal vez esa sea la respuesta. Tal vez debería parar de llenar las ondas con espantosas lecciones de palabras podridas que nunca se asimilan ni se comprenden. Tal vez el silencio sea la forma definitiva de rebelión; la señal verdadera de nuestro desprecio por la embustera bestia de lo alto. Después de todo, ¿las palabras no le pertenecen a él? ¿No dice eso el Evangelio que escribió el discípulo Juan (y que para mí tiene mas credibilidad que los demás porque me parece que sentía por Jesús lo que yo siento por Quintoon)? Él comienza su relato sobre la vida de su amado diciendo <La Palabra, y La Palabra estaba junto a Dios, y La Palabra era Dios.>> La Palabra era Dios… ¿Lo ves? El silencio es todo lo que nos queda. Es nuestra última y desesperada oportunidad de rebelarnos contra quien tiene La Palabra.”



“¿Qué?

¿Después de todo esto sigue sin haber fuego? Te ofrezco el misterio de los misterios y mi prisión sigue fría. Fría. Igual que tú, pasapaginas. Eres frío hasta la médula, ¿Sabes? Te odio. Una vez más, las palabras me fallan. Estoy aquí sentado con mi odio, desprovisto de medios para expresar mi furia, mi repugnancia. Decir que eres un excremento insulta al producto de mis intestinos.”



Azhaag

10.19.2009

Microrelato: De un día para otro

Ocurrió sin más, los cabalistas y los religiosos histéricos decían que venían anunciándolo desde hacia siglos, pero la verdad es que ocurrió porque si, de un día para otro. No sonaron trompetas, no se vieron a los jinetes del Apocalipsis ni nada similar, simplemente, ocurrió… Los cadáveres se levantaban de sus tumbas, los infantes nacían muertos. Los pájaros se olvidaron de volar, quizá por que el cielo se volvió de un color rojo que los atemorizaba. El agua al beberla quemaba, y la arena calmaba la sed al sediento. Los árboles echaron a arder en combustión espontánea. Todo era una locura, anochecía y amanecía a un ritmo irregular, de una hora para otra o por espacio de varios días, salía y se escondía el sol. Por todas partes, en medio de las grandes urbes, el suelo se resquebrajaba dejando unas enormes grietas de las que a todas horas se oían quejidos lastimeros y desgarradores. Y yo, que había nacido mudo, podía ahora narrarte con una inigualable dicción esta inverosímil historia. De de un día para otro, me había convertido en el juglar que pregonaba de ciudad en ciudad la historia del fin del mundo.

Azhaag