3.23.2008

Artículo: Héroes


“Volvamos a esos días felices en los que aun había héroes.”
Bette Davis

Cuentan que tras escalar la montaña más alta del planeta, el majestuoso Everest (8.848 metros de altura), sir Edmund Hillary bajó ayudado por el serpa Tenzing Norgay hasta la falda de la montaña, donde cientos de personas esperaban ansiosas para felicitarle por su increíble hazaña. Hillary bajó en un estado penoso. Apenas si se mantenía en pie por si solo, y casi no podía abrir los ojos a causa del tremendo cansancio. Uno de los muchos periodistas que fueron allí a cubrir tan asombroso logro se acercó a él con intención de entrevistarlo. Tras observar de cerca sus ojos hundidos, su rostro, el cual reflejaba mil penurias, y su total abatimiento, más cercano a una persona moribunda que a un coloso que acababa de estar en el techo del mundo, el periodista le preguntó.

-Mr. Hillary ¿Por qué subió hasta allí para morir?

Hillary lo miró sorprendido, y al momento se creó entre el gentío un silencio que clamaba a gritos una respuesta por parte del alpinista. Hillary se limitó a sonreír y contestó.

-Subí allí para vivir…

¿Qué motivo más grande puede haber para escalar una montaña que araña los cielos que para sentirse vivo?
Sir Edmund Hillary y Tenzing Norgay, unos de muchos, por que hay héroes en casi todas las partes del mundo. No se debe caer en comparaciones a la hora de medir sus proezas o sus logros, sino más bien recordar que, lejos de ser gigantes, son hombres imperfectos y falibles. Ahí esta su coraje, en su fragilidad. Saben que pueden caer, que pueden ceder, que el dolor puede hincar sus dientes en ellos, y no obstante, en lugar de escuchar los gritos de desanimo de los demás, solo se escuchan a si mismos. Convencidos de lograr lo que otros no son capaces de hacer. ¿Qué criterio, si es que se puede usar alguno, debemos emplear para juzgar si una persona es o no un héroe? A mi juicio, que dicha persona nos enseñe que solo existen las limitaciones que nosotros mismos aceptamos ¿no creen? Vénganse conmigo, nos vamos muy lejos para conocer a un gran hombre con mucho que enseñarnos, concretamente hasta Australia. Allí se celebra una competición para los atletas más preparados del mundo, la llamada Iron-man (hombre de acero). La competición consta de tres fases, a cada cual más dura, la primera es nadar 4km nada más despuntar el sol de la mañana, tras esto, una vez alcanzada la orilla, la segunda fase consta de un recorrido de 180km en bicicleta, con duras subidas y bajadas, y por ultimo, una maratón de 42,5km. Todo esto de forma ininterrumpida, enlazando una fase con otra, hasta concluir la competición. Los atletas más preparados consiguen completar este increíble triatlón en poco más de 8 horas. En esta dura prueba participó nuestro héroe, Dick Hoyt. Un tipo normal, como usted y como yo. No luce una brillante armadura, y no va por ahí montado en un noble corcel matando dragones. Olvídense del estereotipo de héroe que todos recreamos en nuestra cabeza al escuchar dicha palabra, Dick es un hombre del montón, con casa, coche, mujer e hijo. El hijo de Dick, Rick Hoyt, nació con una parálisis cerebral debido a una complicación en el parto, sin embargo, su padre le inculcó desde niño que su minusvalía solo lo seria si él lo permitía. Nuestro héroe, como todos los héroes, son hombres de acción más que de palabras, de la opinión de que el movimiento se demuestra andando. Tras un duro entrenamiento físico, y suponemos que un ardua preparación mental, se dijo a si mismo que pondría a prueba sus propias palabras, para demostrar a él y a su hijo, que lo imposible solo lo sigue siendo por miedo a no intentarlo. Dick se inscribió en la competición de los Iron-man junto a su hijo. Tenía 60 años por aquel entonces. Imaginen a los jueces o encargados de dirigir dicha prueba cuando aquel robusto anciano, llevando a su hijo minusválido en silla de ruedas, les comunicó su deseo de competir en la triatlón.
Ignoro si los responsables del evento le pusieron algún escollo al respecto, pero de hacerlo, Dick lo resolvió con palabras convincentes, asegurando que podría hacerlo tan bien como cualquier otro atleta.

Y por fin llegó el día. Esperando al pistoletazo de salida, Dick ignoraba por completo los cientos de ojos incrédulos que lo daban como perdedor antes siquiera de echar a andar la competición. Él estaba pendiente solo de los de su hijo, que miraban a su padre como quien a de mirar a dios, a aquél que todo lo puede. La prueba dio comienzo a primera hora de la mañana, y cientos de aguerridos atletas se lanzaron al agua, Dick no vaciló, cargó en brazos a su hijo en una balsa hinchable, y atándose un cabo al pecho, comenzó a nadar remolcando entre brazada y brazada a la embarcación. Tras terminar la primera fase y conseguir llegar a tierra, volvió a coger a su hijo en brazos y lo llevó hasta una bicicleta especial en la que poder llevarlo de nuevo. Más kilómetros que cruzar, reduciendo metro a metro, pedalada tras pedalada, la distancia entre lo imposible y él, a duras penas llegó al fin de la segunda fase. Llegados a este punto, ya le debería dar igual todo, ya no importaba el dolor punzante en todos los músculos, ni esa sensación de ahogo a cada nuevo paso dado. Una fase más, la ultima, y concluiría la competición. Su hijo fue colocado en una silla de ruedas especial, y de nuevo Dick echó a correr. Cruzó la meta después de 17 horas de esfuerzo titánico. No se que sentimiento le albergó, si lloró de alegría, si gritó de euforia, si se limitó a sonreír y a abrazar a su hijo. Dejémoslo en que, como Edmund Hillary, Dick alcanzó una cumbre para respirar desde la cima y sentirse vivo.
¿Es este hombre un héroe? Eso queda a su juicio, solamente pregúntese, tras concluir estas líneas, si después de conocer su historia ha aprendido usted algo.







Azhaag

1 comentario:

Hibris. dijo...

Menuda gran historia...me ha puesto la piel de gallina.
Muy buen artículo Rubén.

Hibris